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Qué miedo nos da que se note que nos importa

Foto del escritor: Daniela López Méndez
Daniela López Méndez
8 ago
5 min de lectura

Últimamente tengo la sensación de que nos hemos vuelto demasiado buenos para no sentir o, al menos, para no demostrarlo.

Vivimos en una época en la que parece que mostrar interés es perder una batalla. Hay que contestar con cierta demora para no parecer demasiado disponible. Hay que medir cuánto escribimos, cuánto preguntamos, cuánto mostramos. Hay que hacerse el interesante. Hay que fingir que no nos importa demasiado.


“Si demuestra demasiado, pierde.”

“Si le gustas, que te busque.”

“Entre menos demuestres, más interés va a tener.”


Y entonces, sin darnos cuenta, empezamos a convertir nuestros vínculos en estrategias.

Ya no nos preguntamos tanto “¿qué siento?”, sino “¿qué debería hacer para que la otra persona sienta algo por mí?” Y qué cansancio.

Me pregunto en qué momento empezamos a pensar que sentir primero era perder.


Hace unos días vi una noticia de alguien que es/fue muy importante para mí.

Lo vi sonreír, hablar, mirar a la cámara. Y sentí algo muy sencillo: ternura.

Pensé: qué bonito eres. Y después pensé: ojalá te vaya muy bien. Ojalá la vida te trate bonito. Ojalá no te pase nada malo.


Y me sorprendió descubrir que podía sentir todo eso sin necesitar que esa persona estuviera conmigo. Durante mucho tiempo pensé que querer a alguien implicaba tenerlo cerca. Que para poder alegrarme por alguien necesitaba que esa persona me quisiera de vuelta. Que el amor necesariamente tenía que ser correspondido para tener sentido.

Pero quizá no.


Quizá podemos querer a alguien y, al mismo tiempo, dejarlo libre.

Quizá podemos extrañar sin regresar.

Quizá podemos agradecer una historia sin intentar repetirla.

Quizá podemos desearle felicidad a alguien incluso cuando nuestra felicidad ya tomó otro camino.


Se trata de poder mirar a alguien y pensar: me alegra que existas, aunque no estes conmigo.


Pero también me hizo pensar en lo contrario.

En las veces que dejamos de decir lo que sentimos por miedo a parecer demasiado.

Demasiado cariñosos.

Demasiado interesados.

Demasiado emocionados.

Demasiado disponibles.

Demasiado intensos.

¿Demasiado para quién?

A veces parece que estamos más preocupados por administrar nuestra imagen frente a los demás que por vivir nuestra propia vida.


Si alguien me gusta, ¿por qué tendría que fingir que no?

Si quiero verlo, ¿por qué tendría que esperar tres días para escribirle?

Si algo me hace feliz, ¿por qué tendría que esconder mi emoción?

Si quiero a alguien, ¿por qué tendría que hacer como que me da igual?

¿Y si me rechaza?

Bueno. También eso es vivir.


Creo que hemos aprendido a protegernos tanto del rechazo que, en el proceso, también nos estamos protegiendo de la posibilidad de ser queridos. Porque para que alguien pueda conocernos de verdad, primero tiene que poder vernos. Y para que pueda querernos, tiene que saber quiénes somos. No podemos pasar la vida escondiendo nuestras emociones detrás de estrategias y después preguntarnos por qué nadie consigue llegar hasta nosotros.

Tal vez el problema no es que sintamos demasiado. Tal vez el problema es que tenemos demasiado miedo de que alguien descubra cuánto sentimos.


Y sí, existe el riesgo de quedar expuestos.

Existe la posibilidad de que digas “me gustas” y la otra persona no sienta lo mismo.

De que propongas un plan y te digan que no.

De que te emociones y la otra persona no se emocione contigo.

De que quieras quedarte y la otra persona quiera irse.

Pero ¿desde cuándo la posibilidad de perder se convirtió en una razón para no jugar?

No tenemos garantías de nada.

No sabemos cuánto va a durar una relación.

No sabemos si alguien que hoy está en nuestra vida seguirá ahí dentro de cinco años.

No sabemos si volveremos a encontrarnos con alguien que amamos.

No sabemos cuánto tiempo tenemos nosotros mismos.


Y quizá precisamente por eso deberíamos dejar de vivir como si tuviéramos tiempo infinito para decir lo que sentimos.


No quiero volverme tibia.

No quiero aprender a querer a medias para que nadie pueda lastimarme por completo.


Quiero poder decirle a alguien que lo extraño.

Quiero poder decir “me gustas”.

Quiero poder emocionarme cuando alguien llega.

Quiero poder demostrar cariño sin preguntarme primero si hacerlo me hace parecer vulnerable.

Quiero vivir las cosas mientras están sucediendo.


Porque quizá esa es una de las trampas más extrañas de nuestra época: creemos que mantener siempre una salida de emergencia nos hace estar a salvo.

Pero también nos impide entrar completamente a los lugares que podrían hacernos felices. Y no estoy hablando de convertirse en alguien que persigue a quien no quiere estar contigo.


No hablo de insistir donde no hay reciprocidad.

No hablo de aceptar migajas, ni de confundir amor con dependencia.

Todo lo contrario. Creo que aprender a amar plenamente también implica aprender a irte cuando no eres correspondido.


Puedo decirte que te quiero y también puedo decirte adiós.

Puedo entregarme y conservarme.

Puedo ser vulnerable sin abandonarme.

Puedo mostrarte todo lo que siento sin entregarte el poder de decidir cuánto valgo.

Porque una cosa es amar sin miedo y otra muy distinta es dejar de tener límites.


Tal vez la persona correcta sí se asuste de algunas cosas.

Tal vez no siempre nos van a corresponder.

Tal vez habrá personas que consideren demasiado aquello que para nosotros es simplemente amor.


Y está bien.

No todos saben recibir lo que no están acostumbrados a dar.


Pero quizá la persona que realmente pueda construir algo conmigo no va a necesitar que me haga pequeña para sentirse segura.

No va a pedirme que esconda mi emoción para conservar su interés.

No va a necesitar que juegue a que no me importa para quererme.

Y yo tampoco quiero eso para la otra persona.


Quiero que si alguien me quiere, pueda decírmelo.

Que si me extraña, me busque.

Que si está feliz de verme, se le note.

Que si tiene miedo, pueda decirlo.

Que si quiere quedarse, no tenga que inventar una estrategia para hacerlo.

Quiero un amor en el que podamos dejar de jugar a quién necesita menos al otro.

Porque quizá el amor no debería ser una competencia para ver quién puede fingir mejor que no le importa.


Sólo tenemos una vida.


Y qué extraño sería llegar al final de ella y descubrir que pasamos demasiado tiempo intentando parecer indiferentes.

Que dejamos de decir “te quiero” porque nos daba miedo que no nos lo devolvieran.


Que no fuimos por miedo a que nos rechazaran.

Que no abrazamos porque no sabíamos si el otro quería ser abrazado.

Que escondimos nuestra felicidad porque podía parecer exagerada.

Que quisimos a alguien en silencio para conservar nuestra dignidad.


Yo ya no quiero eso.


Quiero querer bonito.

Quiero querer con los ojos abiertos.

Quiero dar sin perderme.

Quiero sentir sin avergonzarme de sentir.

Y si alguien no me quiere de vuelta, prefiero saberlo.

Porque el rechazo puede doler.


Pero también duele muchísimo vivir una vida entera preguntándonos qué habría pasado si hubiéramos sido un poco más valientes.


Porque al final, quizá amar plenamente no significa conseguir que alguien se quede.

Significa tener el valor de mostrarte tal como eres, querer mientras el amor existe y, cuando sea necesario, tener también el valor de soltar.


Amar sin abandonarte a ti mismo.

Quizá esa sea la verdadera libertad.



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