La importancia de lo importante
Hace unos días, mientras leía El Principito, me encontré pensando en algo que el libro apenas insinúa, pero que me dejó dándole vueltas durante horas.
El Principito llega a distintos planetas y, en cada uno, conoce a un adulto completamente absorto en una tarea. Uno cuenta estrellas. Otro enciende y apaga un farol. Otro escribe sobre lugares que nunca ha visto. Todos parecen convencidos de que lo que hacen es profundamente importante.
Entonces él hace una pregunta tan sencilla que resulta incómoda ¿Para qué?
Y, curiosamente, casi ninguno tiene una respuesta que vaya más allá de "porque es mi trabajo", "porque siempre ha sido así" o "porque es importante".
Mientras leía esas páginas me pregunté si al crecer dejamos de cuestionar el sentido de nuestras acciones. No porque perdamos la capacidad de hacerlo, sino porque dejamos de creer que vale la pena preguntarlo.
Vivimos ocupados. Trabajamos, estudiamos, ahorramos, perseguimos metas, buscamos reconocimiento y llenamos nuestras agendas. Pero rara vez nos detenemos a preguntarnos cuál es el propósito de todo eso.
No el "¿por qué?", porque esa respuesta suele ser sencilla. Trabajo porque necesito dinero. Estudio porque quiero un título. Publico porque quiero que me lean.
La pregunta difícil es otra.
¿Para qué?
¿Para qué quiero ese dinero?
¿Para qué quiero ese reconocimiento?
¿Para qué estoy persiguiendo esa meta?
Y mientras más profundo intento responder, más me doy cuenta de que muchas veces vivimos siguiendo inercias que nunca elegimos conscientemente. Hacemos ciertas cosas porque todos las hacen. Porque así se supone que debe vivirse la vida. Porque alguien, en algún momento, decidió que eran importantes.
Quizá esa sea una de las diferencias más grandes entre un niño y un adulto.
No que el niño sepa más.
Sino que todavía se atreve a hacer preguntas que los adultos dejamos de hacer hace mucho tiempo.
Los niños preguntan sin miedo a parecer ingenuos. Nosotros, en cambio, solemos aceptar las reglas del mundo tal como vienen. Dejamos de cuestionarlas porque parecen obvias. Porque creemos que ya entendimos cómo funciona la vida.
Pero ¿y si precisamente ahí empieza el problema?
¿Qué pasaría si, de vez en cuando, miráramos nuestra rutina con los ojos del Principito? Si observáramos nuestras propias decisiones como si las viéramos por primera vez.
Quizá descubriríamos que algunas de las cosas a las que dedicamos más tiempo ya no tienen sentido para nosotros.
O quizá confirmaríamos que sí lo tienen, pero esta vez porque las elegimos conscientemente y no solo porque el mundo nos dijo que eran importantes.
Me gusta pensar que crecer no debería significar dejar de hacer preguntas infantiles.
Tal vez crecer de verdad consiste en recuperar la valentía de volver a hacerlas.
Porque hay preguntas que parecen ingenuas hasta que descubrimos que nadie sabe responderlas.
Y quizá la más importante de todas siga siendo la misma que hacía un pequeño príncipe mientras recorría el universo ¿Para qué?


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