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No aprendí a amar. Aprendí a no perderme mientras lo hacía

Foto del escritor: Daniela López Méndez
Daniela López Méndez
hace 6 días
3 min de lectura

Hubo una época en la que para mi el amor en pareja sonaba a La Perla.


Creía que amar era aguantar, perdonar, hacer más, dar más, demostrar más. Pensaba que si hacía suficiente por alguien, eventualmente entendería cuánto valía la pena tenerme en su vida.


Y quizá lo más curioso es que yo sabía que el amor no debía sentirse así.

Sabía que las mentiras no eran amor. Que el control no era protección. Que los celos no eran una prueba de cuánto alguien te quería. Que hacerte sentir menos no era cuidarte.

Pero después de tantos años viviendo en la incertidumbre, ya no recordaba cómo se sentía lo contrario.


También confundí confiar con no cuestionar. Pensaba que si amaba a alguien tenía que creerle ciegamente, incluso cuando sus acciones y sus palabras empezaban a contradecirse. Y terminé creyendo que, si algo estaba mal, probablemente era porque yo no estaba haciendo suficiente.


Entonces hacía más.

Perdonaba más.

Aguantaba más.

Intentaba más.


Como si pudiera demostrar mi valor así, hasta conseguir que él finalmente entendiera que valía la pena elegirme.


Y durante mucho tiempo pensé que todo lo bonito que había en esa relación venía de la otra persona.


Hasta que me fui, me reconstruí y empecé a conocerme fuera de ella.


Volví a hacer cosas que había dejado de hacer. Recuperé amistades, conocí personas nuevas, viví experiencias que durante años había postergado. Y entendí algo que me dolió, pero también me liberó: muchas de las cosas que yo creía que esa relación me daba, en realidad, las estaba poniendo yo.


Yo era la que cuidaba.

Yo era la que planeaba.

Yo era la que hacía detalles.

Yo era la que intentaba crear recuerdos.

Yo era la que intentaba que todo funcionara.

Yo era la que amaba de esa manera tan intensa.


El amor bonito que yo recordaba no había desaparecido cuando terminó esa relación.

Seguía en mí.


Y después, inesperadamente, conocí a alguien que hizo que el amor sonara como La Correcta.


No porque de repente hubiera aprendido a amar, sino porque por primera vez pude hacerlo sin sentir que tenía que demostrar mi valor todo el tiempo.


Todo fluía.

Las palabras coincidían con las acciones.

Había reciprocidad.

Había ganas de estar.

Y, sobre todo, había calma.


Al principio incluso esperaba el golpe. Esperaba que en algún momento algo dejara de coincidir, que apareciera la decepción, que tuviera que empezar a perseguir otra vez, que sus palabras dejaran de coincidir con sus acciones.


Pero no pasó.


Y entonces entendí que también existe un amor que no te hace preguntarte constantemente si eres suficiente.


Uno que no tienes que perseguir.

Uno que no necesita que te hagas pequeña para quedarse.

Uno que se sostiene porque dos personas quieren sostenerlo.


Puedes sentir muchísimo sin sentir miedo.

Puedes estar enamorada y, al mismo tiempo, sentir paz.

Puedes extrañar a alguien sin sentir que te estás perdiendo.

Puedes querer hacer todo por alguien sin sentir que tienes que hacerlo para que se quede.


Y qué bonito fue descubrir que yo seguía siendo la misma persona que quería hacer regalos, crear recuerdos, abrazar, cuidar, comunicar, comprender y demostrar lo que sentía.

La diferencia era el lugar desde el que lo hacía.


Lo que aprendí fue que puedo amar sin abandonarme.


Porque antes hacía cosas desde el miedo “voy a demostrarte todo lo que valgo para que me elijas”.

Y después podía hacerlas desde otro lugar “quiero hacer esto porque me hace feliz quererte”.


La diferencia parece pequeña, pero lo cambia todo.


Creo que esa es una de las cosas más importantes que me dejaron ambas experiencias:

No tengo que amar menos.

No tengo que sentir menos.

No tengo que dejar de ser detallista, cariñosa, intensa o entregada.


Tengo que dejar de abandonarme a mí misma mientras amo a alguien más.

Porque el amor bonito siempre ha estado en mí y con la persona adecuada ese amor se expande en todas direcciones.


La diferencia es que ahora sé que también merezco un lugar donde ese amor pueda descansar, ser correspondido y sentirse en paz.





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