Quizá sólo era coincidir
Hay personas que llegan y, de alguna manera, se sienten conocidas.
No sabes exactamente por qué. No hay suficientes recuerdos compartidos, ni años de conversaciones, ni una historia que explique esa familiaridad. Simplemente sucede. Una conversación se siente demasiado fácil. Una mirada parece decir algo que todavía no se ha dicho. Y, de pronto, alguien que conoces desde hace tan poco ocupa un lugar que otras personas tardaron años en encontrar.
¿De dónde vienen esas conexiones?
Quizá de las coincidencias. De encontrarnos en el momento exacto. De reconocer algo propio en el otro. De sentirnos vistos de una manera que no sabíamos que necesitábamos.
O quizá no hay una respuesta.
Y tal vez tampoco necesitamos una.
Creo que a veces cometemos el error de pensar que, porque algo se siente especial, tiene que durar.
Cuando estamos viviendo algo bonito, rara vez pensamos en su final. Nos dejamos llevar por la ilusión de que mañana será igual que hoy, que seguiremos riéndonos de las mismas cosas, haciendo planes, encontrándonos. Y sin darnos cuenta, convertimos el presente en una promesa que nadie nos hizo.
Pero las conexiones también tienen sus propios tiempos. Algunas duran años. Algunas duran meses. Algunas aparecen durante unas cuantas semanas y, aun así, consiguen dejar una huella que permanece mucho más tiempo que ellas.
Y quizá eso no las hace menos importantes.
Tal vez hemos aprendido a medir el valor de las personas por cuánto tiempo permanecen en nuestra vida, cuando también podríamos medirlo por lo que despertaron mientras estuvieron en ella.
Por eso, cuando aparezca una de esas conexiones que no puedes explicar, quizá no haya que preguntarse inmediatamente cuánto va a durar.
Quizá sea suficiente con reconocerla. Con estar ahí.
Con escuchar un poco más. Con reírnos un poco más. Con decir lo que sentimos mientras todavía hay tiempo para decirlo.
No porque tengamos que vivir esperando que todo termine, sino porque saber que nada está garantizado puede enseñarnos a estar verdaderamente presentes.
Porque algunas personas no llegan para quedarse para siempre. Y eso no significa que hayan llegado por accidente. A veces, el regalo no está en que alguien se quede.
Está en haber tenido la suerte de coincidir.




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