¿Y si el camino también era la meta?
Pasamos gran parte de nuestra vida pensando en llegar. Llegar a una carrera, a una relación, a un trabajo mejor, a cierta cantidad de dinero, a determinada versión de nosotros mismos.
Vivimos imaginando un punto en el futuro donde, por fin, todo encajará.
Pero pocas veces nos detenemos a preguntarnos qué esperamos encontrar cuando lleguemos. ¿Realmente buscamos ese destino? ¿O buscamos la emoción que creemos que sentiremos al alcanzarlo? Quizá no perseguimos un título, una pareja o un logro. Quizá perseguimos tranquilidad, seguridad, orgullo, libertad o felicidad.
Y mientras mantenemos la mirada fija en ese futuro imaginado, corremos el riesgo de olvidar que la única parte de la vida que realmente existe está ocurriendo ahora. Porque el destino siempre habita en el futuro.
Y el futuro tiene una característica curiosa: cuando llega, deja de ser futuro y se convierte en presente. Por eso a veces me pregunto si el camino y la meta están tan separados como creemos.
Tal vez el futuro no es un lugar al que llegamos algún día. Tal vez el futuro es simplemente una sucesión de presentes en los que decidimos hacernos cargo de nosotros mismos.
Y si eso es cierto, entonces quizá la pregunta más importante no es dónde estaremos dentro de diez años.
Quizá la pregunta más importante es qué estamos haciendo hoy. Porque al final, la vida no ocurre cuando llegamos. La vida ocurre mientras vamos en camino.




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